Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

NEGRURA DE NIEVE


El autobús de línea, lunes de puro invierno, las seis de la mañana. Me duelen las orejas de tantos sabañones. Está todo cubierto, toda la tierra cana. Llevo una trenca verde que heredé de mi primo y unas botas de goma duras como una helada. Vamos hacia Avilés, nos sentamos en la primeras fila, mi padre habla con el chofer, yo pido siempre la ventana, aunque tampoco puedo mirar lo que quisiera, ir mirando a los lados me marea, y encima tantas curvas lo rematan. Por eso no nos gustan los asientos de encima de las ruedas, porque se mueve tanto que la gente vomita, así que piden bolsas a la entrada.

La nieve me da ganas de llorar. No sé si es por la nieve o porque anoche a mi madre la vino a buscar la ambulancia. Creí que era soñando. Pero me desperté y había movimientos extraños, gente desconocida. Y me asomé a la puerta y vi otra vez las luces de la sirena odiosa. Y otra vez se marchaba. Y amanece nevando, como si fuera poco gigante y doloroso ese silencio de cuando una madre falta en casa. Enmudecen los muebles, los platos, los espejos. Nada sabe a lo mismo, todo parece nada.

El hospital es frío como la nieve. Es muy temprano aún, nos dan los buenos días, pero nadie nos habla. Fuera sigue nevando. Lo comentan algunos visitantes cuando entran y lo veo en los trapos que me opacan el hueco de la única ventana. Nos mandan esperar. El tiempo no acontece. Alguien se acerca entonces y llaman a mi padre. Yo me quedo sentado con una bolsa azul, de escay, con leyenda de algunas Olimpiadas. Al poco viene a mí. Me da la mano. Entramos en el cuarto. Cables, mudez, sábanas, máquinas. Todo va bien, nos dicen. Y lo mejor ahora sería no molestarla. Salimos a la calle. La luz está enlutada.

Han pasado los años, desde entonces la nieve me sigue produciendo una terrible calma envenenada. Una ausencia de paz desde su mansedumbre, un desconcierto inmenso con su harmonía invencible. Dejó su huella en mí su animal terrorífico aquella madrugada. La vida es la que es, mas nosotros la hacemos o anulamos también con el recuerdo, la transformamos con los muros trabados de la mirada. La nieve me lastima. Su negrura me puede y desde aquel febrero nunca más la vi blanca.

(La Nueva España, 6-02-2018)

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