Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

NADA DE LO QUE FUE


En los pueblos que quedan sangra la melancolía y duele el tiempo. Mancan las ausencias y el olvido mucho más que entre las multitudes y las prisas de las ciudades, donde todo es anónimo y trivial, tan sin sentido como urgente. Los pueblos equivalen a esqueletos de una existencia muy antigua, donde nada cambia, pero nada permanece, donde tan solo vive lo que muere.

El principio y el fin destructor del tiempo se palpan en los muros caídos, en las contraventanas que ya no se abren, en los altos caserones arruinados y en el vacío que tupe los senderos, en las voraces sebes. En el silencio estridente de las tardes y en los muebles que pudren en las improvisadas escombreras. Todo es futuro pasado en los pueblos que persisten. Vértigo en germen. Se percibe en las paredes desconchadas, en las paneras resentidas, en las veletas atragantadas y en la vejez del saúco y los laureles.

Las únicas imágenes de vida, en muchas ocasiones, son huellas de despedida, avisos de la muerte: la esquela que alguien clava en postes de la luz, la ropa de un difunto que quema en una hoguera, el somier que se pudre en la antojana sola, el tendal derribado con unas cuantas pinzas, los restos de un barreño con tonos de azulete; el gallinero hundido, la caseta sin perro, un remolque entre zarzas, un bidón, una fuente; un establo sin nada, cadenas que se oxidan, un canalón vencido, un montón de ladrillos y uralita, un serón que adormece a la intemperie.

Nada de lo que fue. Si los muertos volvieran, echarían de menos el humo entre la noche, el canto de los gallos, el fruto de los árboles, la voz del panadero, el vaho de los bueyes. Preguntarían qué fue de la tienda y del chigre, del local del barbero, del pan y de la espiga, del molino y del puente. Se asombrarían de que nadie camine a ningún sitio, de que nadie transite la rutina, de que no sea real más que lo ausente, porque nadie se da los buenos días, porque todo se compra y nada se elabora, porque nada perdura y todo se desecha tan pronto no es flamante y no convence.

En los pueblos el tiempo es más sincero, y más triste, es verdad. Uno sale a la noche y todo, menos la luz de las estrellas, es sombra que perece.

(La Nueva España, 01-02-2017)

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