Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

DE PUEBLO Y DE LABRANZA


Yo soy, como otros muchos, de un entonces de pueblo y de labranza. De aquellos años quietos en que nadie pasaba tanta hambre como ahora y todos poseían un jornal y un oficio, un huerto y unos gallos, o un bote y unas nasas. Todos, su casa digna en la que convivían prole y antepasados. De jornadas tan amplias como siglos enteros, azules y dichosas, entre grillos y zarzas. Hijos de la honradez (así nos lo inculcaron) y la resignación (así tenía que ser, no había más salida. Noble enseñanza). Vecino de la niebla y las gaviotas, de los acantilados y las calas. Amigo del nordeste y los cangrejos, del salitre y las charcas.

Somos hijos de un tiempo imprescindible para esta actualidad tan fría y devastada. De una época de muchas cortapisas, tabús, incongruencias y, lo mismo que ahora, incomprensión y miedo y lucro e intolerancia. Pero antaño las leyes, el acato y los pactos eran más duraderos, inamovibles, firmes. Los sellaban los puños y el apretón de manos, los ojos de los hombres, su mirada infalible. Primaba la palabra. Prevalecían los lazos del honor y la estima; la humanidad lacraba las promesas, la sensatez y el trato predominaban.

Hijos de esa época lánguida, mas fructuosa, muy vacía de excesos, muy parca en la abundancia. Pertenezco a los prados plagados de contento y segadores, a la naturaleza generosa y dadora, donde en cualquier camino saciábamos el hambre, donde en cualquier recodo se cantaba, en la fuente, en el río, entre los balagares, en el hórreo, en los árboles, en la mar, en las cuadras. Correspondo a las eras aradas por bueyes bien cebados. A las tardes hermosas de meriendas campestres, con agua de un arroyo, con tortilla y jamón y queso y empanada.

Somos parte del antes, responsables, sin duda, de este ahora. Este ahora sin trazas de mañana, en el que se ha olvidado estar de tú a tú o contar con los dedos o dar los buenos días o usar el corazón, más a menudo, en lugar del abuso y de la trampa. Somos de aquella vida donde nuestros mayores infundían respeto, donde nuestros maestros escribían con tiza, donde nuestras familias, modestas como el barro, humildes como el pan, criaban y educaban. De aquel entonces donde la voz hablaba, muy lejos todavía, de tanto fingimiento y tanta deslealtad, de tanto desapego y tantas máquinas.

(La Nueva España, 21-10-2018)

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