Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

LUZ DE PRIMAVERA


Que venga la primavera, que hace falta. Hace falta más luz de la que alumbra. Que llegue con la fuerza con la que la recuerdo, entrando por las mañanas de mi casa, por todas las ventanas. Primavera con brotes promisorios y con un indecible olor a fruta. Que acuda con sus séquitos de golondrinas ágiles, a través de esta nieve inesperada. Que aparezca, como antes, inmensamente clara sobre la tierra entera, en ningún sitio triste, en parte alguna oscura. Que florezca de pronto, a modo de recuerdo o de sonrisa, en la tez del océano, en las colinas altas, en los hondos parajes y en las ásperas dunas.

Una primavera que imponga sus leyes allí donde luzca, donde reverdezcan todos los arbustos, los árboles todos, con la misma savia, con igual pujanza, alcanzando todos salud y espesura. Sus leyes divinas de eterno retorno, esas que a nosotros nos sentencian frágiles, en tiempo y espacio: nacemos, crecemos, nos desengañamos y nos extinguimos, mientras ellos –cielo, paisaje, camino, piedra, lejanía– siguen y perduran. Una primavera por donde pudiéramos cruzar a la dicha de sentirnos vivos, sin enfrentamientos ni rencor ni rabia ni odio ni ataduras.

Una primavera como aquellas otras tan resplandecientes que aún atemperan cuando las evoco, sencilla y grandiosa, con aroma a tierra removida y húmeda y con labradores, patatas y riegos y estiércol y yuntas. Con verde muy simple y flores muy simples y bayas sabrosas como ya no encuentro. Con los alhelíes llamando el verano y alguna caléndula temprana en los bordes de las carreteras. Con siembra y cosecha y los gratos dones de la agricultura. Con todas aquellas generosas dádivas que no generaban ni rivalidad ni duelos ni usura.

Ojala sea así esta primavera. Plena, fértil, amplia, ecuánime y límpida. Sin pugnas ni angustia. Que canten los grillos y los campesinos y que no se extingan. Que haya en los estanques juncos y libélulas. Que crezcan la hierba y las intenciones, que retoñen troncos y brazos amigos, que nada desande su largo trayecto, su vasta andadura. Que nadie lamente sus huertos estériles ni sus campos muertos ni su cuerpo herido. Que ningún granero añore su ristras ni escasee el pan ni la levadura. Que sea primavera, como ella sabe, en toda su esencia, con ranas, violetas, manzanos blanquísimos,lagartos, higueras en ciernes y lilas purpúreas. Que algún día digamos que esta primavera fue excepcional, primavera única.

(La Nueva España, 7-03-2018)

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