Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

NOCHE DE REYES


Hace frío en enero. Llevo atrás la memoria. Llega el día de Reyes. Recuerdo estas primeras mañanas de mi vida. Estorninos que vuelan escapando del frío. Mirlos y ramas secas. Hielo en los ventanales inmensos de mi infancia. La mar que bufa y choca contra el acantilado. La luz pobre y humilde que emiten las bombillas. El olor de la casa, la leña para el fuego, el agua en la caldera, el carbón y la caja con astillas y piñas. ¡Qué ilusión esta fecha, cuánta emoción y nervios! Madrugamos mi padre y yo. Hoy vamos a Avilés, a las siete, en el coche de línea.

El chófer que conduce reconoce a mi padre, de andar por los talleres y por la carretera y de años en UNINSA, y el cobrador también, le pregunta qué tal y le pega en el hombro con camaradería. Se saludan y paga mi padre los billetes. Y nos sentamos juntos, en el asiento doble que hay próximo a la puerta, esquivando la rueda, porque dice mi padre que encima de la rueda la gente se marea y que, claro, vomita. Y es verdad, además es un viaje larguísimo y con curvas cerradas. Hasta llegar a Podes, cuento más de dieciocho, Llumeres y Entrerríos, con la cuesta de Viodo y la Corva incluida.

Hoy mi padre está alegre, contento, campechano. Me bañó y me peinó y me untó brillantina. Va a comprar unas cosas y luego comeremos, como otras pocas veces, en Bar el Culebrín, muy cerca de La Parra, pues él, que es camionero, sabe bien de menús y de buena cocina. Me gusta hablar a mí y pedir una mesa y sentirme mayor. Nos ofrecen tres platos, con pan, postre y bebida por doscientas pesetas. El postre está de muerte, una fuente con queso como el que nunca como, con dulce de membrillo, riquísimo, me chifla.

Veo Avilés hermoso, con adornos en todas las fachadas y árboles, con personas que corren y que van y que vienen, con bolsas y paquetes, y las tiendas llenísimas. Llevo escrita la carta con todo lo que pido y en Almacenes Pí o en Los Castros la echo, en el buzón que instalan. Avilés por enero huele a garrapiñada y a estrella y a resina. Mi padre no me deja entrar con él, a veces, y le espero a la puerta. Me entretengo mirando el trajín de la calle. ¡Que llegue ya la noche. Que no pase tan pronto como todo en la vida!

(La Nueva España, 05-01-2017)

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