EL UNIVERSO EN UNA VOZ
- 22 abr
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 25 abr
Hubo un tiempo en que el universo cabía en una voz. Antes de aprender a leer,
antes de descifrar los signos, existía ese instante, previo al sueño, donde alguien
abría un libro y las palabras comenzaban a surgir como un pequeño milagro. No
sabíamos aún que aquello era literatura, ni que esas historias venían de lejos;
solo sentíamos cómo algo se encendía dentro, como si cada frase fuese una
chispa que iluminaba rincones de los primeros años.
Historias y leyendas eran puertas, no eran solo relatos. Puertas a bosques donde
el miedo se vestía de lobo, a mares donde la esperanza flotaba en botellas, a
castillos donde el tiempo se detenía en un beso, en una espera infinita, en un
letargo. Cuentos que nos enseñaron a nombrar lo invisible, a percibir el calor del
afecto, la hondura de la pérdida, la piel del desengaño. Pasajes con los que
descubrimos que el mundo era más grande que la humildad del cuarto en que
escuchábamos.
Después llegó aquel día en que el libro se abría en nuestras propias manos. Y
leer significó una forma de soledad conjunta, un diálogo secreto entre quien
atendía y quien, sin conocernos, nos había retratado. Cada historia trazó
horizontes inéditos: empezamos a ver con ojos muy ajenos, a sentirnos en vidas
que no eran nuestras vidas, a poblar geografías imposibles y hermosas, sin dar
ni un solo paso.
Gracias a tantos libros, conocimos parajes que nunca figuraron en los mapas y
carecían de espacio. Nos cedieron los términos para lo que intuíamos y no
decíamos; nos enseñaron que la realidad no es superficie fija, sino un territorio
que se agiganta en cada línea. Nos formaron atentos, tolerantes, mucho más
vulnerables y más humanos.
No, la palabra no cambia el mundo de manera inmediata ni derriba por sí sola
los muros del agravio. Pero transforma el modo de habitar en el mundo. Lo hace
más comprensible, más digno, más veraz. Nos recuerda que detrás de cada ser
hay una historia, que cada silencio guarda un posible relato.
Por eso, al volver la vista atrás, hay un gesto que nace involuntario: el
agradecimiento. A los libros que nos abrieron, a quienes nos leyeron cuando aún
ni hablábamos, a las páginas que nos acostumbraron a mirar profundo. Porque
en su grandeza y en su verdad, la literatura nos ha regalado algo inmenso: la
certeza de que, aunque el mundo sea incomprensible, a veces, quedará siempre
un verso, una palabra capaz de refugiarnos.
Fuente: La Nueva España, 22-04-2026.


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