Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

RESPONSO A DESTIEMPO


Por la soledad que nos inunda o por la soledad con la que construimos compañía. Por los grávidos días que algunos días nos caen encima. Por el aguante inmenso que jamás sospechamos que lleváramos dentro y nos mantiene firmes y nos impulsa y lanza contra lo inesperado y sus desdichas. Por tanta decepción, con viejas amistades, con quienes no esperabas, por quienes habrías puesto hasta en riesgo la vida; por tanta irritación con algunos jerarcas y tanta antipatía, rogad por nosotros. Por nosotros, humanos, que somos engañados con cuantos cuentos no podríamos ni imaginar, con todo tipo de palabrería.

Rogad por nosotros. Por nuestra defectuosa esencia y nuestra propensión a la avaricia. Por nuestro descontento y nuestra obstinación y esta innoble manera de ejercer el poder y estos años oscuros de fraudes y mentiras. Y estas eras de armas y odios y desmanes. Y estos siglos de lastres, desacuerdo y fatigas. Desde vuestras estancias, de sombra o luz, vacío o erosión, rogad por nuestro desencanto y nuestra frialdad y nuestra cobardía.

Por el amor y sus altibajos, porque no nos lo escondan y no nos lo emborronen y no nos lo destruyan, tras pantallas, programas, chats, teléfonos, grupos. Para que no marchiten lo poco que florece, para que no violenten nuestro espacio privado ni asedien las escasas horas íntimas. Para que no exterminen nuestro contacto humano ni el mirarse a los ojos ni el salir al encuentro con emoción, deseo, asombro, gozo y dicha. Rogad, rogad sin tregua para que los que vengan consigan ser un poco más francos que nosotros, a pesar de sus muchos obstáculos y máquinas y marcas que revisten su inmensa automatía.

Por la tierra, rogad, para que su paciencia siga siendo infinita. Para que dé sus frutos sin sopesar el daño que le llevamos hecho, para que reverdezca por abril siempre en punto, para que no repare en las muchas masacres, crueldades, tropelías. Por los ríos, rogad, rogad por su constancia como de antepasado, como de campesino, por su corriente rauda dadora de frescura, aliento indispensable de la salud del clima. Por los valles, rogad. Por sus benevolentes planicies y arbolados. Por sus montes muralla y el vértigo que habitan los buitres y las cimas. Rogad desde lo alto, para que nunca más afirmen que hemos sido los más ingratos seres que pasaron aquí su edad irreparable, a sabiendas incluso de que nuestra existencia es solo esta, es solo una, tan corta y fugitiva.

(La Nueva España, 24-11-2017)

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