Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

PECADOS MORTALES


Posiblemente en breve caigamos al infierno. De cabeza, al infierno. Hoy la iglesia estaba a oscuras y muy sola. Y don Ángel, más serio en el confesionario. Siempre en Semana Santa pasa lo mismo siempre, todo es morado y triste, todo es lóbrego y tétrico. Todo es pecado siempre. Por eso comentaba, que muy posiblemente vayamos al infierno de hoy para mañana, porque cogimos tizas y una escuadra y mapa sin permiso, a escondidas del buen señor maestro. Y rompimos las picas del lápiz de Celeste y escondimos la goma –qué bien olía a nuevo– de nata de Edelmira y le dimos un susto, un buen susto a Rogelio.

Son pecados mortales, al parecer, pecados que no tienen ni perdón ni remedio. Pecados que imposible dejar atrás jamás. Y eso que ni don Ángel ni nuestros padres saben que subimos la cuesta, casi todos los días, agarrados, en bici, al tractor de David, el de Ángelica, que nos encubre y calla, y circula muy cómplice y muy lento. Ni imaginan que, a veces, Valiente y Dioni y yo y Pepe y Che y el Nene y Aurora y Monchi guardamos el tabaco, un paquete de Goya o un paquete de Lola o algunos pitos sueltos, junto a la sacristía, bajo algún paragüero.

Gigantes. Son pecados enormes, tal como nos avisan los que son tan mayores y que cursan ya séptimo. Que si, por casualidad, sisamos a las madres una perrona, un real, al volver de la tienda o cuando nos encargan salir al panadero, buen castigo nos queda para la eternidad, que menuda condena, que terrible tormento ¡Vaya miedo. Qué angustia! Ni a confesar me atrevo que, con Carlos y Félix y Quique, anduve a grillos y meamos sus cuevas y partimos un árbol, y con Saturno y Salva pusimos a fumar un sapo hasta romperlo.

odo es pecado. Todo. Si averiguan –Dios mío– que soltamos el burro de Lolo Rey ayer; que, ayer, en La Quintana destruimos un nido en un ciprés, con cuatro huevos pintos, con cuatro coloridos, enseguida, jilgueros. Si un acusica chiva que comimos las fresas primeras a Falina o arramplamos con berzas de la Bircha. Si, quién sabe, Orfelina descubre que quitamos el tarugo que tapa la fuente que allí mana, muy cerca de su casa, donde brota un esbelto platanero. O reventamos la luna de un coche de los muchos que apilan en casa de Clemente. ¡Uf! Sea en Cuaresma o sea un día de cada día, de cabeza al infierno.

(La Nueva España, 2-05-2017)

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