Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

DISTANCIAMIENTO


Para que no me ocurra lo mismo que a los peces, que pudiendo ser libres, corren el riesgo siempre de quedar atrapados en su inestable océano, he aprendido, hace nada, a decir por delante que yo no soy de nadie. Para que nadie vaya a errar y al desconcierto desde la incertidumbre, desde el reciente encuentro. Para que nadie crea que formo parte acaso de su imperio vastísimo a cambio de unas vistas a lujosas estancias o a plácidos parajes o a una firme promesa o a un instante de éxito. Para que nadie pueda decepcionarme tanto como, a veces, sucede, queriendo o sin quererlo, expreso convencido que ya no soy de nadie; y decepciono antes, decepciono el primero.

Para que no confundan cariño con asfixia ni amor con privación ni propiedad con trato cortés y afectuoso –como yo enmarañé, cuántas tardes, deseo y sentimiento–, de unos días acá, sé expresar con aplomo que jamás pretendí ser de nadie ni nada, más que un ser, eso sí, un ser digno y humano, nunca íntegro, seguro, nunca del todo entero. Para que no me pase lo que pasa en los guetos o en las agrupaciones o en las altas esferas de palacio y gobierno, o en las enjutos grupos de profesión y oficio, donde te incapacitan y limitan espacio, vedan nombres y clanes y chantajean y anulan el propio movimiento, ya no me cuesta apenas responder que soy nadie y a nadie pertenezco.

Para que por mi culpa, por mi grandísima culpa, –cómo pesan los credos– no se envenenen más los envenenamientos, los sencillos asuntos que carecen de trama y prevaricación; para que no seembrollen, como embrollamos tanto, las alas y las redes, las ‘redes’ con la vida, el yo poseedor con el yo compañero, de ahora en adelante manifestaré en alto que yo no soy de nadie, como nadie lo somos, por extraños e impares. Que me perdonen, pues, por esta decisión quizá tardía y torpe, por este apartamiento.

Para que nadie dude entre llamarme súbdito o asignarme algún mérito, de antemano pregono que ya no soy de nadie, que repudio cadenas, nepotismos y popes, condiciones y templos. Que, en consecuencia, callo, me mantengo exiliado, ni rijo ni obedezco. Inevitablemente, el tiempo me abastece y a la tierra, sin duda, corresponde mi cuerpo. Mi corta voz..., de todos. Ella no atiende a dueños. Lo mismo que el escaso chispeo de mis versos.

(La Nueva España, 22-12-2016)

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