Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

TIEMPO NUEVO

De nuevo acariciar la rosa, recordar que ella existe como existía hasta hoy, que nos miraba igual que nos está mirando, desde su rojo niño y familiar fragancia. Acariciar el nombre de los seres queridos, incluso si se fueron; nombrarlos, recordarlos, sentarlos a la mesa con su presencia pálida. Dedicarles las horas que jamás reprocharon pero echaban en falta. Acariciar, sinceros, la actitud de la tierra, como cuando un abuelo se sentaba a la sombra y le hablaba. Abrazar otra vez la cintura del aire, el cuerpo intrascendente de cada madrugada. Observar con cariño el regreso puntual de otra primavera, con su temblor de luz y golondrinas, con su desprendimiento en arbustos y ramas.


Tener tiempo, otra vez, como nunca tuvimos para darnos la mano con verdad y entendiendo lo frágiles que somos, lo poco que valemos y lo mucho que mata la soga que dirige la distancia. Tener tiempo de disponer de tiempo para expresar ahora lo que nunca dijimos, para borrar el tedio y la inquina y el odio y el rencor y la rabia. Tiempo de estar a tiempo aún de empezar a ser otros, los otros que debimos haber sido y lo fuimos: los que no necesitan más que un poco de grano para moler la harina, unos gramos amor para amasar el pan y una corriente limpia que nos provea de agua. Requieren solamente lo necesario y justo, lo que exigen las piernas para avanzar a diario, lo que gasta la sangre en cumplir con sus cauces, lo que pide la voz para emitir palabras.


Ser siempre, ya por siempre, los que, desde este lapso, voraz como un adiós, como un cáncer total, agradecen ponerse en pie por la mañana y respirar sin miedo y caminar sin miedo y acercarse sin miedo al cuerpo saludable de todo semejante, bendecir su contacto, besar su carne humana. Los que sufren si escuchan el llanto de los otros, la herida de los otros, la escasez de los otros y donan y reparten aquello que destroza el equilibrio cósmico, aquello que no visten ni comen ni utilizan, por mucho que engrosara su poder y opulencia, por más que permitiera enriquecer sus arcas.


Ser de nuevo -si algún día lo fuimos- sencillos, dadivosos, sensibles, compañeros, seres que han asumido, a partir de este instante, la vida de otra forma: la vida en la grandeza de un soplo imperceptible; la vida en la verdad de un brote diminuto, la vida en la belleza -a partir de este abismo- de cualquier circunstancia.


(La Nueva España, 18-03-2020)



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