Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

Poeta de tierra adentro

Cada verso de Francisco Álvarez Velasco se convierte en sentencia, como una flor en fruto


Aurelio González Ovies

23·09·21 | 04:00


Así definiría, sin dudarlo, al autor de este libro tan necesario como inconfundible. Profundo como la mar, nutricio como el amor. De (tierra) adentro, del interior, de donde brotan los sentimientos y las palabras más sinceras, porque es un ser que aún “mira desde afuera con los ojos” y se estremece ante términos tan esenciales como: hombre, corazón, lluvia y dulcemente y camino y escarcha y los olores del mundo y piel y alba y sangre. Poeta de la verdad y de la vida. Y más en esta época de alejamiento, extrañeza, fronteras y sequedad y vacío. “Tiempo de amor y mar” (colección Leteo, Eolas ediciones) es toda una reflexión lúcida sobre la existencia, a partir de la experiencia y de la pasión de Francisco Álvarez Velasco por todo cuanto lo rodea y aún le asombra en torno al océano de las más puras emociones.


Amor a toda costa y por todos los costados, desde cualquier orilla, “contra” la edad inclemente, amor “en los barandales de un puente”, amor en “la campana pequeña de la iglesia [que] llamaba a los rebaños”. La poesía de Velasco está amasada con heredad y con amor, como el adobe y el origen de los orígenes de la carne. Sus letras levantan pueblo, albergan siempre barro y centeno, vencejos y pizarra, era y verano y flores de la nieve y aves de mayo. Sus letras, sinónimo de elegía al tiempo, asoman en el horizonte de cada página como un silo de “curiosidad que te ha de salvar”, como un llantén esbelto que se yergue entre la verdad “roja de las amapolas”. Amor de norte a sur, desde “la puerta clara del solsticio” hasta la “vejez ya sin [el] regreso, inaplazable”.


Es hermoso este libro, punzante inevitablemente como toda presencia huidiza, como muchas ausencias persistentes, como cualquier belleza ineludible, como esos ámbitos que reconocemos únicos por irrepetibles, por inéditos, por su “luz de oro”, esa luz que –discúlpenme el parafraseo– fulgura a lo largo de todo el volumen en “las yemas de los álamos”, en “el sonar de la fuente”, en “el canto mañanero de la alondra”. Esa luz de espliego nos confirma la permanencia del pasado, el retorno a lo de uno, los muchos nudos hacia la infancia en las naves y las velas-quianas metáforas siempre rumbo al norte de la realidad y al después, a las calas del futuro, en dirección al desconcierto, a lo que nunca conoceremos del todo, al misterio del “dime, oh mar dime qué / me estás diciendo”; indagación a babor y a estribor, a través de “la niebla oculta del mundo, en busca del azul”, de la inocencia que nunca quisiéramos que terminara, de aquella plenitud que jamás imaginábamos, al paso de los años, tan cruel y dolorosa.


Amor, marejada de amor a la tierra, a lo de antes, sonido de aldabas, ecos de romances, olor a trigo; amor a la tradición, a lo cotidiano y todos sus utensilios –madreña, noria, candil de aceite, mesa, tazón de leche–; comparación, muy solapada, del ayer y el hoy. Amor al paisaje –encina, fresno, montaña, chopo, gorrión, ardilla, arroyo, nieve– y a todo en cuyo pecho late un corazón, a la nobleza gigante que esconden los ojos de los perros –el perro pensador, la perra Lola, el perro del mendigo–, a su estatura de hombre, a su “mirada de hambre”. Amor a las etapas primeras, a la candidez de sus ámbitos, a la cordialidad y sencillez de los gestos que, muy a menudo, se evocan: las guirnaldas virginales de las muchachas, las sombras de las aves, piratas y tesoros, las ranas en el río…


En las cuatro partes de este poemario, en el que siento tanto la pasión de Hernández como la melancolía de Lorca, en estas páginas de cantos rodados y redondos, no hay más que amor a la vida, pero también aflora desazón ante la resaca del tiempo, ante el fluir indetenible de sus lapsos, ante sus ultrajes y ese color de la nada que se posa en las cosas y en los cuerpos. Porque bien sabe el poeta que el tiempo nos limita y nos encamina a ese destino común y nos distancia, día a día, de los momentos en los que fuimos felices, de los seres que más nos entregaron, de las imágenes se irán con nosotros.


Tiempo de amor y mar, certeza de que todo lo puede el amor; amor, en definitiva, anclado en Carmina, su salvación, a quien necesita “para aplazar la muerte, para burlar la muerte” y con ella, como dos niños entre el verano, “mirar pasar los ríos, mirar pasar el agua, oír cantar las aguas desde todos los puentes de la vida”.


Cada verso de Álvarez Velasco se convierte en sentencia, así, por naturaleza, lo mismo que una flor en fruto. Cada pieza, en poética; cada palabra, en memoria, por más que “la memoria será [también] ceniza”. Mas yo confío: su voz perdurará como el adobe, como la mar, porque es poeta de (tierra) adentro.


Fuente: La Nueva España, 23-09-2021.

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