Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

Oviedo, con sus nombres



OVIEDO, CON SUS NOMBRES

Entonces por octubre, era ya puro invierno. Cogí el coche de línea que había a las siete y cuarto. Una bolsa con mudas, un pantalón, las botas, comida en recipientes y poco más: la mano de mi madre, inolvidable imagen, diciendo adiós hasta que me perdió de vista, la helada de Bañugues, un boli, una libreta, un viejo diccionario. De Bañugues a Luanco, de Luanco hasta Avilés. De Avilés, por la vieja, a Llanera, Lugones, La Corredoria. Oviedo. Dos horas menos cuarto. Quién iba a sospechar que aquella madrugada me abocaba a una etapa tan crucial en mi vida, tan ciega hacia el futuro como muro al pasado.

José Manuel y yo, la calle Santa Clara, aquel enjuto estudio en la ciudad tan grande. Oviedo. La marejada humana en todos los semáforos. El Bar Sport, Hacienda, Foncalada, la chistera de aquel portero de Pentágono. El Campoamor, los coches, las sirenas, el tráfico. La Plaza Feijoo, la facultad, la mía, donde el Latín llamaba, entonces tan ajena y que ahora añoro tanto. El Latín, con mayúsculas, como Ana Fernández y Julia Cueto, las dos enseñantes que me incitaron. La novedad de todo, el miedo, la ilusión. Las campanas sonoras del alto monasterio de San Pelayo. Las porfiadas palabras de mi hermana: “tú serás lo que quieras, lo que tú te propongas, no lo dudes jamás, que te cedo mi puesto, y por ti me desvivo, trabajando”. Las primeras sesiones, los apuntes, los compañeros, cientos, tan jóvenes, qué jóvenes. Las esperas a la puerta del aula. Yoli, Ana, Conchita, Arturo, Josefina, Marce, Nacho. Los nombres importantes, primeros, decisivos: Elena, Clara, Jose. Las rosquillas de anís en la cafetería, los sangüis vegetales. Sofía, Marcelino, la biblioteca y Josefina Rojo. Berta, Antón, Xuan, Xosé LLuis, LLuis Xabel, Ana… Los precisos peldaños. Belén, Nati, Teresa, el palomar de don José M. Caso. La oscuridad amable de aquel bajocubierta, los pasillos larguísimos con los techos tillados. Isabel, Tina, Paz, Cus, Víctor. La iglesia de la Corte. La ingenuidad de todos los que empezábamos. La División Azul, la tortilla exquisita del Antón, a las once. Aquella pulpería, pequeña y escondida, en la Corrada. Las ruinas que más tarde serían Conservatorio. Los cortos en el amplio Carbayón. El café Jovellanos. El esfuerzo que hacían mis padres por darme una carrera. Mis padres o mi ahínco por sacar buenas notas y así recompensarlos. La Pongueta, con sus estanterías y su olor a encurtidos. Casa Fina. El Molinón y el pan reciente que llevaban los furgones en sacos. Febrero, los exámenes. Las mañanas en las que, de improviso, entraba en nuestra clase Manolín el gitano, gritando “soy maestro” y escribía en la pizarra garabatos. El Bar Cundo, José Ramón, Galmés, Luis Roca, Vespertino y Alarcos. La llegada de Julio, como un hermano en ciernes. Como un hermano más. Qué lentos esos días, los años, qué despacio…

La librería Ojanguren, repleta y visitada. Los libros que, de nuevos, me embelesaban tanto. La sombra de Ana Ozores por el casco antiguo, perfumado con gótico y con cera. La urbe conquistándome. La facultad, mi casa. Los otros nombres, claro: las lecciones de Insuela, el idioma con Fáñez, Meilán y la sintaxis, Peláez y la Edad Media; Moralejo, Sevilla, Pejenaute, Inés, Julián, Manuela, Engracia, Perfecto, Luis, Cristóbal, amigo y campechano.

El paso de los cursos, los cambios a otros pisos. Omar, Paloma, Nacho. La calle San José, con el Dharma, El Cuquiellu, las noches de tertulia, La Regenta y El Ñeru. Los amores fugaces, el humo y el tabaco. Veladas intensísimas, El Paraguas, El Carmen 7; el yazz en el New York, con sus ventiladores. Ca Beleño, la música de El Diario. El encierro de aquellos chavales impacientes que amábamos las Clásicas, en San Francisco, 1, por los planes funestos de Maravall, ministro; su empeño en anularnos. Nuestro arresto sin límites. El final a la vista. Las palabras de Chusa: “lo que tú te propongas”. El porvenir incierto. El perro Rufo, delante de nosotros, como emblema y mascota, cuando nos manifestábamos. Mis ganas de acabar y encontrar un trabajo. De darles a mis padres lo que ellos merecían, lo que con sumo amor me habían ofrecido. Lo que, tan desprendidos, me habían propiciado. Terminar y empezar. Eran tiempos mejores, épocas más radiantes. Al menos en el campo de las Humanidades. Acabar y el comienzo. Casi no hubo intervalo.

Y Oviedo ya se hacía mi casa para siempre. Elena, Luis, Laberu, Mari Carmen, Jesús. La quietud de Olivares, La Cruz y las afueras, mis gatos y mis perros y mis primeras clases. Mi Olga. Marívi, Sonia, Jose, Ramón, Lala, Gonzalo. Kiko, Manuela, Michel, Patricia, Alicia, Lorena… Y Caramés y Cardo. Las tardes serenísimas cayendo sobre Salas. La lluvia inesperada abrazando el Naranco. Los paseos por Latores, El Cristo, La Manjoya. El Acebo, El Cafetus, los depósitos viejos, la bruma de San Claudio. Cuántos cambios en tan corto trayecto. Nada era lo mismo a cada paso. Y Oviedo, Oviedo, poco a poco, crecía y mejoraba, también iba cambiando: las plazas y los parques, las fuentes y esculturas, las aceras, los árboles, los comercios, el aire y la luz de los barrios. Qué pasajeros días, y los años, qué rápidos... “Serás lo que tú quieras, lo que tú te propongas”. Palabras catedrales. Oviedo. En él, tres décadas, más bien ya casi cuatro. Florecían los ochenta. Nada es lo mismo, pero siguen todos aquí, a mi lado. Están todos los nombres. Permanecen conmigo. Casi todos. Eso es algo muy grande, es la mayor riqueza, por encima de gloria y de dinero. Soy un privilegiado. Mientras escribo esto, amenaza la nieve, la veo sobre la nieve que ya cayó en febrero, allá sobre los lomos del Aramo. Siguen todos conmigo. Oviedo, con sus nombres. A últimos de marzo.

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