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Pandémicos: veinte poetas enfrentados con un virus

La experiencia del covid reorienta la obra de algunos autores asturianos hacia la búsqueda de lo esencial o, incluso, a un renacimiento emocional

E. L.

21·03·21


El poeta Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) recibió el positivo en coronavirus el pasado 24 de marzo, cuando España estaba metida de lleno en el confinamiento y el sistema sanitario iba camino del colapso, en los aterradores inicios de una pandemia que aún no ha terminado. Beltrán pasó cinco días en el Hospital Universitario Moncloa, en Madrid, donde reside. En aquellos momentos, la cifra de fallecidos en España ya llegaba a las 10.000 personas. Beltrán lo superó, pero aquellos momentos quedarán para siempre marcados en la biografía de este poeta y “nombrador”, creador de palabras que, en algunos casos, se han convertido en nombres de algunas de las empresas o marcas más populares de España. ¿Y qué papel jugó la poesía en este episodio de su vida? “La medicina me salvó; la poesía me curó, estoy convencido de ello”, responde a LA NUEVA ESPAÑA cuando se le pide que resuma cómo filtró la experiencia pandémica a través de sus versos. Beltrán asegura que la enfermedad causada por el coronavirus ha dejado huellas “que sanan poco a poco”, pero también “la vibrante secuela de una luz nueva con la que celebrar más la vida, lo amado ya, lo por amar aún”. De este renacimiento, tras el dolor de la enfermedad, habla su poemario recién editado, “La curación del mundo”.

Veinte poetas asturianos han respondido a las preguntas formuladas por este periódico para saber hasta qué punto la experiencia del confinamiento, y de la pandemia en general, ha impregnado su oficio. Según Fruela Fernández, uno de los autores que participan en esta encuesta, en el contexto de la pandemia “la escritura recupera su sentido estoico: el de desplegarse en presencia de la muerte, en su certeza”. Por su parte, César Iglesias cree que la experiencia colectiva del coronavirus “sólo puede abrir las puertas al desasosiego”. Nadie ha quedado “exento” del “vivir pandémico”, añade. En su caso, este tipo de situaciones albergan también “una capacidad excepcional de prestar testimonio”. Iglesias considera que “si algún mandato moral tiene el oficio de escribir no es otro que dar cuenta de los temores y las perplejidades del homo dolens”.

Para Ricardo Labra, la pandemia nos ha obligado a refugiarnos “en nuestra crisálida, en una auténtica cámara oscura en la que cada uno –de la mejor manera que sabe– trata de recuperar las esencias, no sólo de su pasado , sino también de su más inmediato futuro”. Y en ese refugio, la poesía actuó para algunos de los autores consultados casi como un elixir medicinal. Este fue el caso de la ovetense Gema Fernández. “La poesía se ha convertido en un antídoto esencial contra la desesperanza”. La llegada del virus ha cambiado el sentido de la escritura que hasta la fecha desarrollaba esta autora, que, además, es la mitad del dúo musical “Silvidos y Gemidos”. “Mis poemas se han vuelto más introspectivos, una invitación a la autorreflexión y un espacio neutral donde gestionar todas las emociones, propias y ajenas, que impregnan con intensidad el ánimo social”.

La poesía como salvavidas. Esa es la conclusión que la avilesina Natalia Menéndez saca de la relación entre estos tiempos pandémicos y el arte poética, que en su caso se redirigió hacia “lo afectivo y el valor de las pequeñas cosas”. También hacia el futuro, añade.

Hay quien opina que, aunque la pandemia no haya hecho aparición en su obra, sin duda lo hará. Es el caso de la sierense Laura Casielles. “En esos poemas por venir aflorará de algún modo todo esto que nos ha pasado por encima. Poemas que buscarán su forma de nombrar las nuevas distancias, las viejas y reconstituidas soledades, los miedos de todo tiempo y las esperanzas por construir”.

También hay quien recibió la pandemia como una inyección paralizante sobre su actividad poética. Fue el caso de Javier Almuzara, a quien las musas ya no salían “al paso”, como antaño cuando podía salir y moverse en libertad. A cambio, en el confinamiento “el diálogo con los libros compensó aquella doble clausura”, indica.

Con humor, Pablo X. Suárez admite que su musa también quedó confinada y no fue a visitarlo, con lo que perdió la oportunidad “de componer textos llorosos y autocompasivos a los que poder titular ‘Cuarentena’”.



Fuente: La Nueva España, 21-03.2021

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