Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

LAS VENTANAS DE ATRÁS

Las ventanas de delante no servían para mucho, quiero decir que eran ventanas para dar claridad y contorno a los espacios, con balcones de hierro, donde solían poner a ventilar alfombras o las colchas o almohadas. Ventanas de dos hojas, con cristales muy pobres pegados con masilla y unos clavos muy finos y visillos por dentro y unas contraventanas. Eran ventanas muertas, que daban al camino, pero que casi nadie utilizaba a diario, a no ser para abrirlas y ventilar un poco, al menos en mi casa. O alguna vez también, para poner zapatos con el betún reciente o posar los cepillos o regar las macetas colgadas de las verjas con geranios, begonias y campánulas. Al menos en mi casa, porque en otras servían para curiosear quién iba o quién venía o lanzar los orines de la bacinilla tan pronto amanecía, según se levantaban.


Las ventanas de atrás, por el contrario, esas sí que nos daban una vida increíble, esas sí que ejercían, de verdad, de ventanas. Las del cuarto miraban a la mar y por ellas, de noche, penetraban reverberos de la señal del faro, la voz entre la niebla de la ronca sirena y la primera luz de la mañana. El cuarto, sí, el único que había, aparte de aquel otro de mis padres, con armario de luna y mesita y un trinchero que no cabía en otro sitio, porque nunca hubo sala. El cuarto, doce metros cuadrados con paredes de temple y humedad incesante que las oscurecía y descascarillaba. Doce metros cuadrados donde cabían los sueños que jamás se cumplieron o al día siguiente estaban a los pies de la cama. Doce metros inmensos de cariño y pasado donde dormíamos primos y hermanos y hermanas.


La ventana de atrás, la imprescindible, era la que iluminaba la cocina, frente a un fregadero de granito, al lado del caldero para el agua. Lindaba con un huerto muy pequeño, un manzano, una hortensia, perejil, horizonte y con una fresquera para guardar manteca, formiento, queso y nata y mermelada. Y con el gallinero y, desde ella, mi madre sacudía rodillos y manteles, tiraba a las gallinas las sobras de verduras, las mondas de los plátanos, lo mustio de las berzas, la cáscara del huevo, la piel de las patatas… La ventana de atrás, la de nuestra cocina, la que sacaba el humo, el vapor y las penas, la que, seguramente, nos conocía más desde afuera por dentro, la que nos respiraba.


(La Nueva España, 11-09-19)

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