Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

EL VERBO ENCENDIDO DE MARIAN SUÁREZ

Ahora estás en el aire. Una tarde, una tarde de tantas, camino a San Cristóbal, me dijiste que el aire era la vida. Que necesitabas solo aire y palabras. Pero también necesitabas aroma de sanjuanes, para ver a tu madre recortando el romero y acercarte a la infancia. Ahora estás en el fuego. El fuego era tu cómplice. Tu encubridor más firme. A menudo escondías todo el ardor del mundo detrás de los cristales oscuros de tus gafas. Y otra tarde, en París, bajo la nieve, “redáctame en el fuego, me pediste, el día que me vaya”. Y en el fuego te dicto:


Será porque tu voz es fuego puro, más fuego prohibido / que los gritos azules de las hogueras, / más fuego espiritoso que la ebriedad de todos los licores, / más llama infatigable que los breves capítulos de las bengalas, / más combustión plateada que las aleaciones de los labios. / Será porque en tu ser existe una provincia en dirección al humo / donde esperan tus padres con laurel en las sienes y un gesto florecido entre los brazos, / porque amaste la noche tan efímeramente como el fin de una fiesta inhabitable, / porque ya te esperaban los caballos de fósforo de las ensoñaciones / y era la hora entonces de subir al carruaje de la palabra / pura.


Será porque eres tú tu fiel sicario. / Será porque hoy te queman los ojos más que nunca / y todo se te incendia cuando bebes un poco de los filtros del adiós / y entiendes la verdad como un descendimiento al índice más íntimo / del cuerpo de la vida. / Será porque eres tú, toda, delito. / Porque te huiste, a veces, de ti misma / más que la libertad del corazón que anida en las torres mozárabes del frío de febrero. Nuestro febrero... / Será porque viniste con el horario caduco / de las rosas y tu piel murió un poco de ilusión cada tarde; / porque dejaste, sí, las espinas clavadas como si fueran fastos / de tu sangre que narra en tercera persona.


Será porque algún día pronunciaste, a la luz de una feble palmatoria, / la frase de aquel libro / envenenado, / porque nombraste la compasión humana de los dioses / y cubriste de fiebre los versos de un escriba que lloraba en las celdas del crepúsculo. / Porque eras tú fragmento toda. / Quizá no me confundo: bajaste a las imprentas del lenguaje y tomaste los fármacos / del desacatamiento. / Quizá no me equivoco: / te escribiste distante por no querer decirnos que ya estabas muy lejos, / escribiste silencios por no decir del todo qué te desencantaba. / Tal vez..., pero no apagues, / nunca, / por mucho que te alejes / tu voz incandescente. / Sigue quemando siempre. / Desde lo alto, habla. Y dale -ese era nuestro lema- una rosa a la muerte. Recuerda que la rosa, si es rosa verdadera, no ha de ser blanca.


Aurelio González Ovies


Fuente: El Comercio, 11- 02-2021

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