Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

PRIMER DÍA DE ESCUELA


Un pizarrín, un trapo y una pizarra. Nada más necesitamos para empezar a la escuela. Luego la maestra escribe: araña, a; elefante, e; iglesia, i; ojo, o y uvas, u. Y nosotros intentamos leer lo que lee despacio y hacer esos garabatos que nos dice que son letras. El primer día es muy duro, vienen las madres todas, nunca los padres, y algunos lloran a lágrima viva porque no quieren quedarse, y menudas pataletas. Nosotros, los parvulitos mayores, nos reímos a escondidas y entonces la señorita nos reprende y nos castiga: a coger todas las sillas y ponerlas, de una en una, alrededor de las mesas.

El primer día es terrible. Es una separación, un tormento en toda regla. Lo recuerdo todavía. Septiembre, muy a primeros. No sabemos quién es nadie ni adónde vamos ni a qué. Ni para qué vale un número ni quién vive en una esfera. Todo es gigante y oscuro. Las ventanas son altísimas. Las paredes, despintadas. El suelo tiene agujeros. La escuela está fría, es fea. Las madres siguen hablando unas con otras, nerviosas, y a nosotros, a disgusto, nos van sentando dispersos, hasta que el aula se llena. Y otro berrinche de órdago cuando se van y nos dejan desprotegidos y solos. Otra desazón tremenda.

Nos quitamos el abrigo. Nos ponen el mandilón. Nos lo abotonan. Nos adjudican la percha. Rezamos lo que podemos, lo que aprendimos en casa, balbuceamos cuatro sílabas; nos persignamos a medias. Y empiezan a pasar lista con los nombres y apellidos; y debemos responder: ¡presente!, y levantarnos del todo o alzar la mano derecha. También vale ¡servidor!, pero sin dar muchas voces, con educación, modales, como los que hay que mostrar en toda la vida entera. Y nos cuentan una historia, de un libro gordo y con polvo nos narran un cuento viejo, que comenzará así siempre, por el “érase una vez o el érase que se era”.

El cuarto de los ratones está abajo, donde el sótano. Para los que hagan trastadas, para los que den la lata, para el que desobedezca. Tarda el recreo en llegar más que la Noche de Reyes. Está oscura la mañana. Hay tan solo dos bombillas y una de ellas parpadea. Modelamos monigotes. Los colgamos de unos clavos. Cantamos una canción, tocamos palmas. Qué rollo. Quiero irme a casa y dormir. Jugar con barro y con tierra. Seguimos aquí, encerrados. Huele a tiza, a plastilina, a abecedario y madera

(La Nueva. España, 13-09-2018)

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