Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

CON CIEN CAÑONES POR BANDA


Entonces nos afirmaban que todo era memoria. Que todo entraba en ella para no salir nunca jamás. No me tocó más que un poco de aquello de ‘la letra con sangre entra’. Y se entendieran o no las cosas, había que memorizarlas, como se decía primero, o empollarlas, según se llamó más tarde. Tanto la tabla de multiplicar como el abecedario fueron muchas las cantilenas que tuvimos que declamar en cualquier rincón de la casa. Tanto enunciados como soluciones, provincias como capitales, había que saberlos de pe a pa. Y de no ser así, coscorrón, en el menor de los casos, en el mismo cráneo. Supe de carrerilla y sin puntos ni apartes el credo y el yo pecador me confieso y lo del valle de lágrimas y los siglos por los siglos.

Canté dos o tres veces por semana los puntos cardinales de los mapas, con una vara que servía para señalar el norte o el oeste o los cabos y los golfos, pero también para caerte con garbo sobre las yemas de los dedos juntos. Recitamos los cien cañones por banda, haciendo aspavientos con las manos, un día unos y otro día otros, delante de toda la clase. Y muchas veces sueño y despierto y me sorprendo entonando el hablar de Iberia y de la Madre España: Del Tajo a China, el portugués impera, / de un polo a otro el castellano boga. / Los dos extremos de la térrea esfera / dependen de Sevilla y de Lisboa.

Qué cosas tenía que embutir uno y, total, para qué. Mira que me las di con aquello de las raíces cuadradas y lo del resto y el cociente y el dividendo y el divisor y jamás volví a utilizarlo ni en el bus ni en el supermercado ni en las cajas de El Corte Inglés. Mira que me peleé con aquello de en estos sencillos versos, / las valencias narraré, / empezando por el oro / que pueden ser 1 y 3, / con valencias 2 y 1, / funcionan cobre y mercurio, / y según supe después, / el hierro, cobalto y níquel / funcionan con 2 y 3, etc., para no tener ni idea de cuándo manejar las valencias y únicamente sacar a colación las estrofas cuando quiero ponerme pedante con los adolescentes, comparando su educación con la mía.

Pero por aquellos años, todo era memoria o servía para fustigar la memoria: mira que te mira Dios; / mira que te está mirando; / mira que te has de morir; / mira que no sabes cuándo…

(La Nueva España, 8-8-2018)

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