Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

LOS HOMBRES DE LOS BRAZOS CAÍDOS


A mí me extrañaba que no hiciesen nada, que los vieras siempre de brazos cruzados, con su brillantina, desde bien temprano, bigote y corbata. Que estuviesen siempre tomando unos vasos y echando unas briscas o unos subastados. O mirando obras y poniendo tachas y opinando a voces de lo mal que iba el mundo, y la tierra, qué desmejorada. Eran, además, muchos en mi pueblo y en otros vecinos. Un gran regimiento de hombres que vestían chaquetas de ante y abrigos de piel, como algunos ricos de los de la tele. Y yo preguntaba: pero qué estudiaron para no hacer nada y embolsarse tanto: nada, mi pequeño, fue cuestión de suerte, están jubilados. Verás cuando cierren el grifo, a ver lo que pasa.

Pero si eran ‘nuevos’, de los mismos años que cumplía mi padre. Me chocaba mucho que tuvieran todo a cambio de nada, por estar al aire, en cualquier esquina: los mejores coches y no solo uno, además de Vespa; viviendas gigantes, con porche y plaqueta; y un apartamento o algunas parcelas para el veraneo, unos por Valencia y otros por Aranda. Y fumaban puros traídos de Cuba y cigarros rubios; y llevaban sellos de oro, enormes, con sus iniciales y gruesas cadenas con cruz y medalla. Yo no daba crédito; ¿qué premio ganaron?: nada, hijo mío, no les tocó nada más que vivir bien, es cuestión de suerte, destino lo llaman.

Mi madre compraba una vez al mes en aquel gigante y feo economato: azulete, sal, garbanzos, azúcar, azafrán, canela. Lo más necesario. Las mujeres de los hombres de brazos caídos todo lo contrario: galletas rellenas, chocolate suizo, la ropa ya hecha, colonias de marca, fruta a todas horas. Y comían milhojas en pastelerías a media mañana; y churros calientes para la merienda, con otras amigas, siempre de tacones y muy repeinadas. No lo comprendía, lo mismo que ellos, parecían marquesas, pasaban el tiempo sin mover un dedo, sin fregar un plato ni atender gallinas ni arreglar la casa. Y encima, era el colmo, venían a limpiarles cristales, baldosas y a podar los árboles y el seto de boj y planchar las sábanas. No podía entenderlo. ¿Son de sangre azul? ¿O son millonarios? No, mi niño, no. Tampoco yo sé de dónde les cae, también me pregunto de dónde lo sacan. Verás cuando agoten los fondos y bonos, a ver qué comemos, a ver la que se arma.

(La Nueva España, 13-09-2017)

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