Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

DICTAMEN DE LOS AÑOS


Los años me lo dictan. Los días me lo enseñan: no busques más allá. Todo está en este ahora. En esta breve estancia que va de ti hasta mí. En esta circunstancia que tal vez ni transcienda. En la gente que está, siempre más siempre, siempre. Aunque no los abraces, aunque no sean de cerca. En los seres que son, por encima de todo, no por ser como quieres, sino porque ellos son como quieren y gustan, te agrade o perjudique, te incomode o te hiera. Mas son así y son ellos, los que nunca te buscan cuando te necesitan. No aquellos que te añoran tan solo cuando ven que faltas o te alejas.

Todo está aquí y ahora. En la luz que ilumina los instantes difíciles. En las manos que saben que tus manos no aprietan. En la voz que presiente que tu voz ya no habla con aplomo y hondura. Que tus ojos no miran con igual perspectiva. Que tu realidad se estanca y ya no sueña. Ese es el equipaje para cualquier camino. Esa es la compañía para todo el trayecto. Ese es el mejor séquito para la vida entera. Los que intuyen el aspa de un leve movimiento. Los que nunca preguntan cuánto te has confundido. Los que en noches cerradas te perciben a tientas. Los que extienden los brazos cuando aún queda mucho por recibir o dar. Los constantes, amigos. Los que estuvieron, sí, pese a distancia y frío, pese a tiempo y penurias, pese a bruma e inclemencias.

Aquí y ahora, todo. Ahora, como esa luz tan frágil que nos cierra la tarde o agrieta la mañana. Como cuando tú lees lo que yo escribo, que es pura coincidencia. Como estos pasajeros estorninos que cruzan el cielo de febrero o esta nube que anuncia la lluvia repentina. Aquí, con esta sensación de perdurar tan poco. Bajo este cielo anclado con vistas a la tierra. Muy cerca del destino a cada paso dado. Muy al norte del sur de las estrellas.

Los días me lo anuncian. Los años me lo enseñan. Es demasiado tarde para volver atrás y no alcanzar más que sombras de sombras. Tarde para perder un hueco en la ocasión que acude, instante a instante, y encaramarse al carrusel del mundo. Y tarde, casi, incluso, para no proceder con mesura y firmeza. Tarde como cualquier indecisión u olvido. Muy tarde para siempre, como cualquier irreparable pérdida.

(La Nueva España, 15-02-2017)

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