Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

UN MUNDO MÁS NUESTRO


Dios del ancho cielo, para tanto daño y tanta miseria, tantas desventuras y aullidos tan fieros hubiera sido grande un mundo más pequeño. Para tantos exilios y tantos desafueros, para tanta violencia y tanto desamparo y tanta incomprensión, hubiera bastado un reino exiguo, un mundo, sin duda, mucho más estrecho. Un mundo en que todos, aunque fuéramos sombras y fuéramos menos, gozáramos del sol y de la fortaleza de la madre tierra, por igual y siempre. Con arbustos fértiles y frutos sabrosos, caminos sin fin y noches hermosas bajo el firmamento.

Señor de la luz, un orbe más chico hubiera evitado tantas extensiones tísicas y huérfanas y cientos de miles de cuerpos comidos por moscas y sarnas y miles de cientos de seres que apenas mantienen en pie su ruin esqueleto. Hubiera impedido guerras tan mayúsculas y ataques y pólvora, y la sinrazón y el sino malditos que, desde el origen, asolan estirpes y arrasan los pueblos. Y en él no cabrían ni tanta vehemencia ni escarnios terribles ni el cíclico estrépito de las hecatombes ni el final fatídico de los egoísmos ni el letal efecto de los aislamientos.

Un planeta breve, dios infranqueable, hubiera evadido tanta sangre y sangre, tanta sangre a diario, tanta sangre en vano, tantos inocentes y tantos cadáveres a diestro y siniestro. ¿Para qué más mapas ni más horizonte ni más latitud ni más libertades que acaban en presa de las carroñeras zarpas del imperio? ¿Para qué más dones, para qué más lemas ni más distinciones ni más tatuajes de barata heráldica? ¿Para qué más nada ni más posesiones ni más amplitudes cuando carecemos de moralidad, decoro y respeto?

Dios de las alturas, para que los náufragos no alcancen las costas y surquen las olas bravías y gigantes tantos expatriados, para que el bidón que hace de nave voltee y se hunda, para que las madres pierdan a sus crías en las obsesiones del agua salada, hubiera servido un más corto océano. ¿Para qué más suelo de dificultades? ¿Para qué más viaje infructuoso y gris? ¿Para qué más rocas? ¿Para qué más buitres? ¿Para qué más reyes? ¿Para qué más credos? ¿Para qué más leyes? ¿Para qué más lindes? ¿Para qué más ínfulas; para qué más feudos? Quizá un territorio reducido y limpio hubiese suplido esta prepotencia. O habernos creado en otra textura, con otro formato: a la semejanza de los animales, mucho más humanos, sin esa avidez por la potestad, sin tanto delirio por lo del ajeno.

(La Nueva España, 7-04-2016)

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