Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

EL DÍA DE MADRINA


El domingo bajamos a bendecir los ramos. Estaba la iglesia abarrotada. Hacía sol y pudimos bendecirlo a la entrada. No me gusta ir a misa. Mi madre no volvió desde aquel día en que por ir a una novena con mi hermana y conmigo, nos caímos los tres donde casa Orfelina. Dimos con la cabeza en el asfalto. Nos salió un gran chinchón y mi madre sangraba. Dice que si es así como Dios lo agradece, que prefiere rezar ella sola, a su modo, o a la noche, en la cama. Estrené un pantalón que me hizo Norina y sandalias de cuero que heredé de mi primo. Bueno, no eran nuevas del todo, pero con el betún y el brillo sacado y la hebilla cosida, como recién compradas.

Huele a entierro la tarde y a rosario. Está todo cerrado. Ni siquiera en la tienda podemos comprar nada. No funciona la radio y en la tele no ponen ni noticias ni series. Está todo de luto. La iglesia medio a oscuras me da miedo. Me dan miedo los cirios y el incienso. Y el rosario que sisean, sin cesar, en sus reclinatorios, las beatas. Me asustan los sermones y los púlpitos. Y el dolor tan inmenso que expresan las imágenes. Y no quiero matar a nadie con carracas. Me dan pavor esas sotanas malva y esos ritos. Y esos encapuchados que van de procesión en procesión. Y tantas oraciones de amargura y de escarnio. Y hasta Jesús tapado con la manta morada.

En todas las familias hay como más silencio y no discuten tanto los hombres en los bares porque no sirven cosas de las que emborrachan. Al menos eso dicen. Y es lo mejor que tienen estas fiestas tan tristes: no madrugar y no acudir a escuela. Aunque todos los viernes nos den para comer bacalao desalado con garbanzos, por vigilia de pascua.

Lo bueno es que el domingo (cuánto tarda en llegar y luego cuando llega qué rápido se acaba) vendrá madrina a verme. Me traerá un bizcocho, mantecado, de pisos, con virutas de dulce y cubierto de escarcha. El del año pasado era grande y sabroso. Con un castillo encima, de chocolate blanco. Y unas plumas azules clavadas en la almena. Y merengue en los bordes y frutas confitadas. Sabía a gloria. Yo creo que me encarga el mejor y el más grande, el más alto del mundo, de Avilés, de Galiana. Este invierno no hubo ni ocle, ni muchos caracoles. Pero yo, cuando puedo, también le compro a ella, en Casa de Pacita, un jabón y un pañuelo y agua de lavanda.

© Aurelio González Ovies

(La Nueva España, 02-04-2015)

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