Estoy aquí y percibo
la grandeza del día

UN AÑO MÁS


Cabe en un año lo mismo que en la vida. En un año podríamos dejar de ser los mismos y empezar a ser otros. Y descubrir, al fin, que nada importa tanto, que nada es tan urgente como el tiempo de ahora, el tiempo de vivir, el instante veloz, su ser vertiginoso. Es posible que lleguen abrazos imprevistos y alguna despedida invada los andenes de nuestros corazones. Es probable que el mundo recapacite y pare y posponga su prisa y aminore sus odios. O que sean los sueños el camino más firme hacia la realidad y la realidad consista en todo lo que duerme al margen de los ojos.

Un año es un espacio equivalente a un pecho. Alberga sentimientos, atesora secretos, acoge una esperanza, deshereda algún gozo. Y en él quedan prendidos desengaños y acuerdos, imágenes y culpas, aciertos y poemas, emociones y noches, vacíos y contornos. En un pecho perduran la sustancia y la ausencia, nos moldean la carne, nos trastocan el rumbo. En un año se acaban los meses y su música, el candor de un verano, la leña de un diciembre, mas siempre permanecen los ecos y rescoldos. Un año es tan intenso como una madrugada. Y tan desconocido como un amor futuro, como un palacio ingente, como un reino grandioso.

Un año es una nube, con su cielo y su estela y cientos de millones de mortales, aquí, sobre la tierra, con su ceniza a hombros. Un año es como el ave que migra y no retorna. Surca con prontitud almanaques y mapas. Y nunca ha de volver, como no vuelve el humo. Nunca otra vez cruzar los mismos territorios. Y deja atrás hermosos encuentros y tratados. Y nos adentra en ámbitos inquietantes y dulces. Nos distancia de fechas y dolores frondosos.

Un año es una puerta que debemos franquear. Una escena que hemos de encarnar con cordura y aplomo. Así como si ya supiéramos sus diálogos y sus alegorías. Así, de forma inexplicable, igual que respiramos desde siempre y a diario, sin que nadie nos haya dicho el porqué y el cómo. Un año se asemeja a una página en blanco, a un camino desierto, a un océano nuevo. Y es nuestra obligación desplegarlo y andarlo, navegar sus riberas, surcar su latitud, sondear en su fondo. Por tanto, caminemos. Sin cortapisa alguna. Caminemos en firme y adelante. Para vivir mañana es tarde ya. Para vivir ahora jamás es pronto.

© Aurelio González Ovies

(La Nueva España, 31-12-2014)

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